La cabellera es símbolo de rebeldía, emblema de las estrellas de la música y el cine, muestra de belleza y vigor sexual, seña de identidad entre las tribus urbanas; corta, larga, rubia, lacia, rapada, con rizos o tintes, postiza o en peluca, no solo expresa la moda, también su tiempo y su circunstancia social.
• ¿Te parece linda esa mujer? —pregunta ella al señalar a una muchacha con el pelo muy corto sentada en otra mesa del restorán.
—Pues sí. No está mal —responde su novio, sin mayor entusiasmo.
—¿Te gustaría que me cortara el cabello así?
—Me gustas tal como eres —responde él, pensando que le está diciendo el mayor de los cumplidos.
—Y eso, ¿qué significa? —pregunta ella, molesta.
—Que te estoy diciendo la pura verdad. Que me gustas así, con todo y cabello largo.
—Pero entonces, ¿por qué la has estado mirando?
La razón del malentendido, en efecto, está en la cabeza. Pero dentro de ella, y va más allá de posibles celos. Por algo estructural propio de la femineidad y a la masculinidad, ellas siempre sueñan con verse distintas, con ser otras: que el cabello más largo, más esortijado, más rubio, de éste o aquel color. Ellos, al contrario, lo único que desean es seguir siendo los mismos. Les preocupa no perder lo que tienen: el color y mucho menos, el pelo.
Es verdad, no hay mucha diferencia en la particular importancia que ambos, mujeres y hombres, otorgan al cabello. Lo que difiere son las razones: si para ellas el cabello es algo fundamental de su femineidad, en el sentido más fuertemente sensual; para ellos, por presencia o por ausencia, es el equivalente inequívoco de su juventud o de su vejez. Ejemplos no faltan: “When I get older, losing my hair” (Cuando envejezca y pierda el cabello), cantaron Los Beatles cuando cumplir los 64 años era para ellos algo de ciencia ficción. Y el actor Antonio Banderas utilizó la metáfora para hablar de su decadencia como galán: “Antes me importaba que me definieran como sex symbol. Ahora me da igual porque sé que es cosa temporal. Llegará un momento en que tenga barriga y se me caiga el pelo”.
La importancia que revistió el pelo desde la antigüedad puede medirse por los esfuerzos para embellecerlo y conservarlo. La primera descripción conocida de un medicamento contra la calvicie procede de la India y se halla en el libro Rig Veda, que tiene cerca de tres mil años. En Grecia, comerciar con los cosméticos capilares adquirió su mayor expansión cuando Alejandro Magno, a consecuencia de sus conquistas en Oriente, aportó toda clase de recetas mágicas, tanto para curar la caída del cabello, como para teñirlo y dar nuevas formas al peinado.
El mismo Hipócrates, padre de la Medicina, estudió la causa de la calvicie que lo afectaba y dio en el clavo cuando reparó en que los eunucos de la armada persa nunca se quedaban calvos. De allí dedujo, más de cuatro siglos antes de Cristo, que la ablación de los testículos, poco antes o poco después de la pubertad, prevenía la calvicie. Hoy es un dato confirmado: la testosterona, la hormona masculina responsable del cambio de la voz en la pubertad, del aumento de la masa muscular, del crecimiento del pene y del escroto, es también responsable de la gran mayoría de los problemas de calvicie. La falta de esta hormona hace que los folículos pilosos —que son las fábricas, distribuidas por todo el cuerpo, donde se fabrica el pelo— se vuelvan cada vez más pequeños, de forma tal que los calvos siguen teniendo las mismas fábricas de pelo que los demás, pero encogidas.
El cabello largo, entre los varones, alcanzó gran valoración social en la Edad Media y también en la Edad Moderna cuando, a la manera de los mosqueteros Athos, Porthos y Aramis, las melenas se traducían en valor, coraje y virilidad, mienrtas que para las damas el cabello largo y suelto era símbolo inequívoco de lujuria y libertinaje: en el siglo XII, las únicas mujeres que podían llevarlo sin recoger eran las prostitutas. La carga erótica de la cabellera femenina, larga y revuelta, recorre desde las leyendas sobre sirenas —quienes pervertían a los hombres con su canto— hasta el tabú todavía vigente sobre las cabezas de las mujeres judías ortodoxas y musulmanas. Las unas, rapadas y con pelucas; las otras cubiertas con el chador.
EL CABELLO O LA VIDA
Que las mujeres pueden jugarse la vida en un corte de cabello no está en discusión. Las trencitas de Bo Derek y el rubio ondulado de Farrah Fawcett en los años setenta, el lacio de la toca y el alisado con tijeras o con cremas y las raíces negras de una Madonna rubia de mediados de los ochenta; el aristocrático peinado de Lady Di en los noventa, hasta los peinados locos con postizos, pelucas y extensiones con que Lady Gaga decidió mostrar una posmodernidad más allá de las convenciones. Fundamentalmente el pelo marcó los sucesivos cambios de estilo de Shakira: sus auténticos rizos renegridos del inicio dieron paso al brushing en su álbum Pies descalzos; se ordenaron en infinitas trencitas (¿Dónde están los ladrones?), se tiñeron de rojo fuego (Shakira Unplugged) y terminaron en un güero Madonna con ondas (Servicio de lavandería y Sale el sol), que suele combinar con impecable lacio de tijeras desde que la colombiana logró seducir al mercado de Estados Unidos.
Cortos, largos, rubios, lacios, con rizos, con o sin tintes, postizos y pelucas, desde el comienzo de los tiempos el cabello ha sido un indicador de vigor sexual, de estatus, de salud y de seducción. También desde siempre, las mujeres se habituaron a sufrir en nombre de la belleza. De hecho, hasta 1920, cuando se impuso el corte a la garcon, las damas nunca se habían atrevido a usar el cabello corto, pero la modernidad era el nuevo objeto de culto a resaltar y allá fueron todas. En su época de máxima popularidad, las únicas que no llevaban el cabello corto eran las matronas y las ancianas.
Fuente inagotable de mitos y leyendas, el cabello generó tabúes y fue visto como un potente elemento mágico o ceremonial. Para muchas culturas, el espíritu humano está en su cabello: de acuerdo con esto, solía practicarse el corte ritual con la conservación de los mechones para distintos fines. Un antiguo ritual dice, por ejemplo, que si pedimos con fervor el favor de quienes amamos mientras hacemos pequeños nudos con un mechón de su cabello, seremos correspondidos. Durante el siglo XIX se acostumbraban llevar dentro de medallones colgados al cuello los rizos de las personas amadas como señal de buena suerte y protección.
En tiempos de dictaduras la represión policial, en sus grados más leves, pasó por cortar por a la fuerza el pelo largo de los varones porque después del auge de Los Beatles, éste había adquirido un sentido inequívoco de desafío y rebelión.
TRIBUS Y PEINADOS
El fenómeno alcanza hoy niveles macro entre los muy jóvenes, donde el peinado es el santo y seña que los define como grupo o tribu, con patrones culturales, convicciones y hábitos totalmente distintos. Solo por las cabezas ya podrían definirse las diferentes tribus urbanas: reggaetoneros, punks, rudeboys, emos, hipsters, colombias, metaleros, darks, rastas, tribaleros, otakus, cholos, roqueros a secas, roqueros urbanos, rockabileros, hiphoperos, skinheads neofascistas, skinheadsantifascistas, mirreyes, frikis y una gran lista de etcéteras.
El gran desarrollo de la ciencia al servicio de la farmacología y la cosmética capilar en las últimas décadas recoge hallazgos milenarios, como el Henna, que llegó al Imperio Romano traído desde Egipto con el nombre de Hené y se convirtió en la primera tintura, repudiada en su momento por el teólogo Tertuliano porque “es símbolo y presagio de que quien tal hace conocerá las llamas del infierno”. Las pelucas —también originadas en el antiguo Egipto—, tuvieron éxito antes del siglo XV, aunque san Clemente de Alejandría advirtiera sobre sus peligros: “Los postizos equivocan la bendición de los sacerdotes al confeccionarse con cabellos muertos, arrancados a otra persona, y no saber adónde posarse la bendición”.
Lo nuevo por estos tiempos es la preocupación de los varones por la belleza, que los lleva a soportar incluso históricos tormentos femeninos como la depilación corporal. Si bien muchos recurren al implante capilar, otros se han decidido por el culto de la cabeza afeitada, algo que también tuvo su adhesión en la antigüedad en sentido ambivalente: se castigaba, rapándolos, a los prisioneros, las adúlteras y a los traidores, pero también la cabeza rapada exaltaba la humildad de los monjes, la ferocidad de los guerreros y la inteligencia de los sabios.
Como la saga que va desde Sansón a Mussolini, pasando por los indios sioux hasta las actuales hordas de skinheads, el mundo del espectáculo registra los nombres de Yul Brynner, Telly —Kojak— Savalas y Bruce Willis como antecedentes de Dominic Toretto, la megaestrella musculada de Rápido y furioso. Sí, pelones. Y a toda honra. Después de todo, ¿qué mejor manera de disimular una calva incipiente que afeitarse totalmente la cabeza?

No hay comentarios.:
Publicar un comentario